
-Propuesta para una prueba democrática
Se acerca la fecha de la ya “tradicional” prueba SIMCE en Chile, a los cuartos, octavos básicos y segundos años de educación media. En estos momentos hablar del SIMCE hoy, es hablar indirectamente de los distintos actores educativos implicados y comprometidos con los resultados de la evaluación. Algunos diagnósticos llevados a cabo según el MINEDUC revelan que el SIMCE es un fenómeno valorado positivamente. Pues conforma un hito informativo y por lo mismo goza de credibilidad pública. Según resultados de la evaluación, el colegio se categoriza en un constructo imaginario social: bueno, más o menos y malo (o piñufle en chilensis); cuyas consecuencias pueden perdurar por largo tiempo, llevando a establecer prejuicios y a estigmatizar; ya sea al colegio, a profesores/as y estudiantes en general, y en función de ello la credibilidad de la enseñanza-aprendizaje de cada institución. Esta situación pone en estado de vacilación e incertidumbre a la comunidad educativa. Por lo que es necesario crear instancias alternativas para metamorfosear la prueba SIMCE.
Por otro lado, paradójicamente se vislumbra, -y es vox populi por parte de profesores/profesoras de colegios municipalizados y privados subvencionados- lo que representa el Sistema de Medición de la Calidad Educativa. Para estos actores sociales, que son el “último eslabón” de la estructura educativa y sobre todo en el ámbito de discusiones y debate en materia de Reforma, éstos han puesto en crisis el sentido y significado de la política educativa nacional con respecto a la evaluación.
Hacer explícito lo implícito, actualmente la evaluación implica y/o complica el interés de los/las distintos/as actores de la comunidad educativa.
Como propuesta, estos cambios o transformaciones debe-n promover-se y originarse en las propias escuelas, consensuando y legitimando indicadores evaluativos, como parte del proceso educativo circunscrito en el contexto socio histórico, cultural, económico y académico de las/los actores que conforman la comunidad educativa. Sólo así, la evaluación será parte del proceso educativo de la institución, en un franco y transparente debate con sentido reflexivo. Construir los indicadores establecidos por cada comunidad educativa, no sólo tomará en cuenta la cuantificación de los resultados sino que se realizará el análisis cualitativo de los mismos. Esto constituye una de las grandes controversias de los indicadores actualmente, pues no precisa esto último, sino que como bien se re-conoce centra su atención en los resultados numéricos del aprendizaje.
Es acá donde se resalta el sentido mercantilista de la educación en Chile en su máxima expresión.
Esto nos hace reflexionar y preguntarnos: ¿Qué siente el profesor/a cuando los indicadores evaluativos le dictan lo que debe y no debe enseñar independientemente del contexto y/o factores socio-histórico, culturales, económicos de los que conforman el establecimiento?
Por otra parte, como en toda sociedad compleja existen mecanismos de control, estos a su vez, se traducen en que los distintos sujetos reproduzcan los que estos mecanismos quieren que se deba reproducir. En esto último, queda claro que la sanción como control social se impone o se dispone a normar lo qué es y no es correcto. Sin embargo, cuando nos encontramos con las normas en el sector educativo en Chile, las ambivalentes y controvertidas discusiones políticas dejan de lado a uno de los principales actores sociales: el/la profesor/profesora. Cabe preguntarse: ¿El SIMCE es un mecanismo de control y vigilancia?, si lo es ¿Cuál es su intencionalidad con respecto a los/las profesores/as y resultados de las mismas? o ¿Cuál es la intencionalidad respecto a la institución educativa evaluada?
Esta compleja y dinámica realidad de “metamorfosear” el SIMCE, debe estructurarse como propuesta en el proceso educativo EN LAS PARTES, es decir en las escuelas, en un amplio debate con profundos valores democráticos; sin negar por ello el todo, de ejes o lineamientos centrales, es decir debe existir una relación dialéctica entre el todo y las partes y las partes con el todo. Y no como está establecido actualmente en la centralidad (en el todo), cuyo verticalismo autoritario en la aplicación de los indicadores evaluativos dejan de lado a los/las docentes, donde a su vez éstos se transforman en meros/as espectadores y reproductores pasivos/vas de lo establecido.
Urge preguntarnos:
¿Refleja el SIMCE una evaluación de la educación en y para la diversidad?
¿Refleja el SIMCE la evaluación del proceso de enseñanza aprendizaje rico y diverso de cada institución escolar? ¿Dónde está lo valórico en estas pruebas?
¿Qué enseñanza deja a los/las estudiantes la prueba SIMCE? ¿Las preguntas de desarrollo y reflexivas, reflejan la opinión de los y las estudiantes en su proceso de enseñanza-aprendizaje?
¿De qué han servido los resultados obtenidos sobre establecimientos y unidades educativas, matrícula, rendimiento (aprobados, reprobados, retirados) docentes, programas y recursos financieros (gastos subvención y financiamiento compartido), durante veinte años en la mejora de la “calidad” educativa?
¿Por qué es necesario estar a la altura de estándares internacionales, de qué y para qué nos sirve como país?
1 comentario:
El tema del SIMCE es complejo. Utilizamos sistemas de evaluación lineales, conductistas, bajo una reforma que al menos en el papel plantea un marco constructivista y cognoscitivista. Es una contradicción, como muchas otras, que finalmente impide ese tipo de aprendizajes y enseñanzas que todos queremos en nuestros estudiantes y profesores.
Ps. Francisco Araya C.
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